El turismo religioso crece considerablemente, no sólo en los
países desarrollados, sino también en los países en desarrollo, ya que los
excedentes económicos permiten viajar a las clases altas y medias. En un siglo
XXI en búsqueda de valores, el turismo religioso y espiritual puede representar
una gran oportunidad para las mujeres y los hombres de todas las creencias, filosofías
y religiones. Por lo tanto, para que cada vez sean más las capas sociales que
puedan acceder, es preciso garantizar su desarrollo sostenible.
El turismo religioso se internacionaliza, pasando de un turismo en
gran parte nacional a un turismo en el que convergen diferentes nacionalidades
e incluso en algunos destinos diferentes espiritualidades y religiones. El
desarrollo espectacular de los
destinos de turismo
religioso durante los últimos treinta años ha permitido que las
peregrinaciones recobren la notoriedad de antaño, que los encuentros religiosos
reúnan a decenas de millones de personas y que las rutas de peregrinación y los
itinerarios religiosos recuperen su papel de unión entre los pueblos y las
naciones. No obstante, las formas de vida han cambiado y muchas peregrinaciones
modernas tienen hoy motivaciones seculares (educación y cultura) y
turísticas.
Si algo debe caracterizar al turismo religioso, es una ética que
influya en el comportamiento del
peregrino y del turista; esta ética aspira a servir de agente de diálogo entre
las civilizaciones y las culturas. Las peregrinaciones y los encuentros
permiten trabar más fácilmente relaciones de paz entre los pueblos y promueven
un «turismo solidario» que contribuye a la lucha contra la pobreza y al
desarrollo sostenible de la humanidad. Por esa razón, el turismo es una de las
formas de participación eficaces del diálogo entre religiones y culturas,
aunque hay que precisar bien los límites económicos, ecológicos y culturales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario