Mucho antes de la
invención de la escritura, el hombre ha expresado sus inquietudes por medio de
todo tipo de signos e ideogramas. Las necesidades vitales (recolección y caza,
desplazamientos, refugio, etc.) y, por qué no, también la curiosidad, posibilitaron
el desarrollo de una serie de capacidades, tan antiguas como la misma presencia
humana: la observación y, lógicamente, el sentido de la localización.
Aunque al principio
de una forma completamente inconsciente, la plasmación de observaciones
espacio-temporales
sobre todo tipo de soportes (piedra, arena, arcilla, pieles, madera, hojas,
etc.), demuestra la intención de transmitir elementos de referencia, representaciones
de lugares y accidentes del terreno, ubicación de recursos naturales, etc.; en
definitiva mapas. Cualquier civilización, cultura o pueblo, por primitivo que
sea, posee sus propios sistemas de referencia y orientación, su propia forma de
representar el espacio (e incluso el tiempo) sobre un plano.
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