sábado, 9 de febrero de 2019

FORMACIONES ECONÓMICAS Y POLÍTICAS DEL MUNDO ANDINO: John Murra

Al estudiar la formación de organismos políticos y de Estados en la región andina, el etnólogo tiene que enfrentarse con uno de los requisitos indispensables para el funcionamiento de todo Estado: las rentas públicas que permiten la existencia del ejército, la burocracia, una corte y demás funciones estatales.
Todos sabemos que en el Tawantinsuyu la entrada principal del presupuesto estatal tuvo como base el esfuerzo productivo agrícola del campesino. Pero es importante recordar la ausencia no solo del dinero sino también del tributo. El esfuerzo productivo del agricultor tenía dos dimensiones económicas: por un lado continuar su vida casi autosuficiente dentro del ayllu y, por otro lado, contribuir  al  Estado con tiempo,  energía y trabajo.
El primer vínculo económico entre el ciudadano y el Tawantinsuyu consistía entonces:
1. no solo en la obligación de trabajar las tierras del Estado y de la iglesia oficial, sino también
2. en la continuidad de sus derechos a cosechar sus propios cultivos en tierras del ayllu, sin deber nada de lo cultivado en tales tierras y manteniendo los patrones de la tradicional reciprocidad andina.
Quiero aquí sugerir la existencia de un segundo vinculo, menos obvio al observador europeo del siglo XVI, pero que sí parece tener importancia no solo en el pensamiento económico incaico, sino dentro de los hondos valores andinos de todas las épocas, pre y post-incaicas.

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BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS: Bartolomé de las Casas

Bartolomé de las Casas, o Casaus, como él mismo gustaba escribir, nació en Sevilla, España, en 1484 (el mismo año en que Cristóbal Colón robara de la corte portuguesa un mapa dibujado por el cosmógrafo Paolo Toscanelli, que informaba de una ruta hacia las Indias Orientales, navegando por el occidente), y murió en Madrid el 18 de julio de 1566 en el convento de Nuestra Señora de Atocha, donde pasó los últimos cinco años de su vida. Algunos dicen que promovió la introducción de esclavos negros a América y que él mismo fue esclavista. Otros, en cambio, sostienen que se opuso a toda forma de servidumbre y de menosprecio de la condición humana, ya se tratara de los indios o de los negros. Es más, aunque sus enemigos lo inculpan de haber cuestionado la actitud imperialista de la corona de Castilla, al difundir por toda Europa una leyenda nefasta acerca de las crueldades de los españoles (conocida popularmente como leyenda negra), la mayoría de quienes están familiarizados con sus doctrinas consideran en la actualidad que él, por el contrario, defendió la presencia de los peninsulares en América como un medio para alcanzar la expansión del cristianismo. Es evidente que las opiniones sobre el padre Las Casas no podrían ser más controversiales. De ahí que no sea raro encontrar en la literatura representaciones ambiguas, cuando no falseadas, de su verdadero perfil histórico. Por ejemplo, mientras que escritores hispanoamericanos como Fray Servando Teresa de Mier, Antonio Llorente, José Martí o Enrique Buenaventura, retratan a Las Casas como un hombre caritativo y piadoso, y lo pintan con todos los colores de la justicia y de la humanidad; otros, en tono más cáustico —como Cornelius de Pauw o Jorge Luis Borges—, lo acusan de haber promovido el comercio de negros en América, en su afán por preservar a los indígenas del exterminio. Pero tal vez una de las versiones biográficas más extravagantes de Las Casas sea la del erudito Menéndez Pidal que, empeñado en la defensa de los valores eternos e inmutables de la hispanidad, mancillados según él por las exageraciones del misionero, sostuvo que este había sufrido en vida de una paranoia tan extrema, que lo inclinaba a la hipérbole cuando se refería en sus escritos a las acciones de los conquistadores. Por fortuna, recientemente el escritor catalán Juan Goytisolo, en su ensayo “Menéndez Pidal y el Padre Las Casas”, se ha encargado de desmentir esta opinión peregrina del erudito hispanista, pues para él no se encuentra arraigada en la objetividad ni en el deseo de conocimiento, sino en el chauvinismo y en el apego dogmático a los valores nacionales.

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