La obra que se edita forma parte hace tiempo de mis libros de cabecera, al menos desde mis lecturas obligadas para la tesis doctoral (Madrid, 1975).
Fue seleccionada como la más adecuada para mi meditada estrategia histórico-antropológica de construir un panteón hispánico de héroes que amparase el nuevo desarrollo de la disciplina en España, al cual me había asociado desde que terminé la licenciatura en Ciencias Políticas. Mi entonces joven director de tesis (1568-1573) D. Juan Pérez de Tudela, recientemente desaparecido de entre nosotros tras una larga carrera de indagaciones textuales alrededor de diversas figuras del americanismo temprano (Colón en primer lugar, Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, etc.), consideró bueno complementar con un acercamiento escolar a la Antropología mi temprano interés histórico-político por el venerado obispo de Chiapas —hoy consagrado como figura hispánica, pero por mucho tiempo tenido como padre de la Leyenda negra—. Me recomendó matricularme en el Centro Iberoamericano de Antropología que dirigía Claudio Esteva, exilado español venido de México con nuevas ideas de la profesión y activo organizador institucional. Éste me incorporó luego a su antiguo puesto de profesor de Antropología Americana en la Complutense y a sus intereses histórico-antropológicos, de modo que pronto elegí como tema doctoral la presencia antropológica en las crónicas tempranas de Indias.
