El paisaje constituye un nexo entre el ser humano y la
naturaleza. Le confiere al hombre “sentido de lugar”, de pertenencia, identidad
espacial. Las asociaciones culturales e históricas, así como la experiencia del
entorno adquirida a través de los sentidos y el conocimiento, resultan determinantes
para comprender la naturaleza de este concepto esencialmente dinámico, ya que la
forma del paisaje continúa modificándose en forma constante como consecuencia
de los diversos procesos naturales y de las acciones humanas.
El ser humano vive en conexión permanente con su entorno. Toda
demanda del hombre sobre la tierra —en términos de alimentos, madera, agua, construcciones
y recreación, entre otras— produce un impacto, de mayor o menor grado, sobre el
ambiente.
Por eso resulta vano pretender que los paisajes se conviertan en
“museos naturales” no afectados por ninguna clase de cambios. A menudo los
paisajes presentan una planificación inadecuada o insuficiente, hasta ahora
disimulada por la distancia que los separa de algún aeropuerto importante. Sin
embargo, los motivos que mantuvieron las actividades en baja escala han ido
cambiando y hoy crece a ritmo veloz la presión sobre los recursos más valiosos:
la agricultura o la forestación intensiva, la promoción de emprendimientos de
infraestructura (represas, torres de alta tensión, turismo, cartelería) y la
explotación petrolera y minera, que pone en peligro áreas de una gran calidad
escénica, interés científico o valor recreativo.

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