La importancia de los tejidos en las tradicionales culturas de los
Andes ha sido analizada por John Murra (1978), al estudiar sus funciones y
significación en las estructuras sociales, económicas, políticas y religiosas
de los Incas. Trabajos posteriores como el de Teresa Gisbert (1989) han vuelto
a desarrollar los valores socio-culturales de los tejidos en los pueblos de los
Andes, en cuanto producto de tributo y trueque, como material ritual y emblema
de identidad de los diferentes grupos.
De manera simultánea a estos estudios otros enfoques como los de
Verónica Cereceda (1978) han puesto de relieve la estética de la textilería
andina, decodificando la semántica del tejido con todos sus sistemas de
representaciones y simbolismos, en los que se encuentra cifrado no sólo un
universo de concepciones cosmológicas y sociales, sino incluso las categorías
mentales de las culturas andinas.
Estos aportes al pensamiento textil andino han conducido a
lecturas de su socio-lógica, que despejaran los discursos socio culturales que
una sociedad reproduce sobre sí misma. Esto ha permitido a su vez articular dos
corrientes analíticas: una emprendida por Murra, que interpreta el tejido en la
formación socio-económica del los pueblos andinos, y otra desarrollada por
Cereceda, quien desde los tejidos andinos despejaba los códigos socioculturales
andinos.
De esta convergencia de enfoques hermenéuticos ha surgido una
comprensión del tejido como texto, en el que una sociedad se
"inscribe" no sólo artística sino también culturalmente, expresándose
o narrándose estilísticamente
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