Posiblemente
la primera vez en que se toma conciencia, desde los ámbitos públicos y políticos,
de la necesidad de conservar y recuperar el Patrimonio histórico expresado por
los monumentos antiguos fue cuando el papa Martín V restaura la sede pontificia
en Roma. Ya en 1309 Clemente V, el francés Bertrand de Got, había traslado el
trono papal a Aviñón, lo cual supuso una tragedia para la capital del Lacio,
cayendo muchos de sus monumentos en el abandono y en el olvido, tanto los
antiguos como los levantados a finales del Imperio, en época ya cristiana, o
durante los primeros siglos de la Edad Media. La restauración de la Santa Sede
en Roma en 1377 no fue sino un espejismo, pues el enfrentamiento en el seno de
la Iglesia dará lugar a la coexistencia de dos papas, Clemente VII y Urbano VI,
cada cual con su propia ubicación y por ello con dos sedes diferentes
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