Los monumentos que son las joyas con las cuales el hombre ha adornado
la tierra constituyen el patrimonio común de la humanidad. Nos recuerdan que la
civilización está formada por las aportaciones de todos los pueblos y que la
técnica ha estado siempre asociada al culto de lo bello, a la afición por lo
nuevo y a la búsqueda de lo imperecedero. Enseñan a todos el respeto del genio
creador que une las naciones y las generaciones, por encima de sus conflictos.
Los monumentos que contemplamos se han librado con dificultad de
los cataclismos naturales y las destrucciones causadas por las guerras. Están
desgastados por el tiempo y los elementos, y llevan en sí las huellas de las
depredaciones y la incuria de antaño o las de los intentos de restauración mal
concebidos.
Ahora, nuevos peligros los amenazan: se encuentran sofocados por
el crecimiento de las ciudades, empujados por las grandes obras públicas,
roídos por las emanaciones deletéreas, sacudidos por las trepidaciones del aire
y del suelo.
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