El seguimiento y control de
determinados factores del medio es, sin duda, una de las tareas esenciales en
la conservación de los bienes culturales. Aunque con diferentes enfoques, la noción
de control del microclima, la iluminación y los contaminantes del aire siempre
ha estado presente en el trabajo de conservación.
Así como el seguimiento y análisis
de las condiciones ambientales es una estrategia relativamente moderna, la
incorporación de sistemas de control y mantenimiento de la envolvente de los
bienes culturales y de los propios bienes culturales lleva presente desde los inicios
de la construcción y de la creación de obras de arte.
En el caso de los edificios, no solo
se han tenido en cuenta cuestiones referidas al confort humano, sino que la
envolvente ha estado muy vinculada a la «preocupación» por las condiciones
ambientales de los bienes culturales, así como a la conservación del propio
edificio.
Ya Vitrubio, en sus libros de arquitectura,
recomendaba, entre otras muchas cosas, la orientación este y norte de las
librerías, ya que en las otras orientaciones había peligro de proliferación de microorganismos
y de insectos, además de tener en cuenta, por Ejemplo, la localización del
inmueble dentro del urbanismo para facilitar
la ventilación natural, o la creación de cámaras de ventilación para prevenir problemas
de humedad.
De manera general, es muy habitual
encontrarnos sistemas de ventilación pasiva en los edificios históricos, donde
son necesarios debido a su ubicación, al clima exterior o al uso que a estos se
les da (zonas frías o calidas y húmedas, problemas de condensación, lluvias, humedades
por capilaridad, índice elevado de visitas, etc.). Son muchos los ejemplos: desde
las cubiertas, sistemas de ventilación pasiva para evitar condensaciones,
calefacciones, revocos y capas de sacrificio, hasta sistemas de control de la
iluminación en ventanas y orientación de edificios que albergaban colecciones
sensibles a este riesgo.
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