Hasta
muy recientemente, la Historia ha sido escrita por hombres, que interpretaron u
ocultaron, a través de su mirada, las acciones y los pensamientos de las
mujeres que habían construído la realidad junto a ellos. Las mujeres han
participado en la Historia con el mismo ímpetu que los hombres, pero la
historia escrita, la crónica, ha tendido a invisibilizar las acciones femeninas,
a relegarlas a un espacio que se ha venido a llamar subalterno —el espacio privado,
doméstico o de la intimidad—, a minimizar su influencia resaltando las
relaciones de dependencia con otros varones cuando descollaban en algún ámbito
público o político y deslegitimándolas como sujetos productores de cultura y de
ciencia. De este modo puede parecer que lo valioso de nuestro patrimonio, de
nuestro pasado, ha recaído únicamente en el género masculino de la especie
humana. Pero no fue así.

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