viernes, 27 de noviembre de 2015

Los nuevos planteamientos de la gestión del patrimonio cultural en el ámbito urbano: planes estratégicos y distritos culturales

Introducción
En la actualidad, las tendencias emergentes de la gestión del patrimonio cultural no se  circunscriben únicamente al ámbito de los bienes culturales singularmente considerados, sino que tienen también una importante presencia en grandes ciudades y asentamientos urbanos y rurales que han diseñado diversas estrategias de renovación de su imagen mediante lo que se denomina la gestión creativa del patrimonio y la conexión de ésta con otras actividades culturales y económicas que, en su conjunto, aportan una nueva
dimensión cultural, identitaria y económica a la ciudad y su territorio.

En todos los casos, el patrimonio pasa de estar concebido como un conjunto de elementos de valor artístico, histórico, cultural, etc., variable, que deben ser protegidos, a convertirse en un factor clave para dinamizar y potenciar el desarrollo de ciudades y territorios.  

En este artículo vamos a tratar la relación que se establece entre gestión del patrimonio y aprovechamiento productivo del mismo en el ámbito de la ciudad, contemplando especialmente como patrimonio y creatividad se han unido de cara a resituar a las ciudades en el panorama internacional mediante la puesta en marcha de diversos planes y programas que se encaminan, por una parte, a situar a la cultura y el patrimonio como sectores clave del desarrollo económico y social y, por otra, a redefinir o crear una imagen de marca de la ciudad. Imagen de marca que se identifica con su capital simbólico y en la que el patrimonio ocupa un lugar primordial al actuar como signo de identidad y reclamo publicitario de la misma. Entre este tipo de estrategias destacaremos el concepto de cluster y los planes estratégicos que han puesto en marcha diversas ciudades analizando el papel, protagonista o secundario, que adopta el patrimonio en los mismos. 

Características generales y objetivos de la gestión del patrimonio cultural

La gestión del patrimonio se enmarca en el contexto más amplio de la gestión cultural cuyos orígenes pueden situarse en un periodo comprendido entre finales de los ochenta y principios de los noventa, en el que se desarrollan los servicios culturales municipales y estabilizan los equipos de gestión. Desde entonces hasta ahora, la actividad cultural se ha especializado y profesionalizado y los planteamientos socioculturales de la misma se relacionan especialmente con el territorio, el patrimonio, la economía, la comunicación, la producción artística y el apoyo a la creación. A grandes rasgos, podemos considerar que estas áreas y su interrelación se han convertido también en cuestiones prioritarias de la actual gestión del patrimonio cultural que, lejos de centrarse en los bienes culturales en sí mismos, presta también una especial atención a cuestiones como la comunicación, la relación entre el legado cultural y la cultura contemporánea, el marketing y la creación de nuevos productos y servicios de consumo, la atracción del turismo en sus diversas tipologías y variantes, etc. 

Los postulados de la gestión del patrimonio, al margen de las características concretas de los proyectos y modelos a los que dan lugar, se enmarcan, pues, en el concepto más amplio de valorización del patrimonio en términos de eficiencia tanto económica como social. Desde un punto de vista más amplio que la simple proyección del patrimonio en el mercado, y más cercano a la filosofía tutelar, ello supone dos cambios fundamentales: la consideración del patrimonio como recurso económico de naturaleza productiva y la gestión mixta, público-privada del mismo. La valorización y gestión del patrimonio y su contextualización en el marco más amplio del resto de las políticas culturales, sobrepasa así el límite de la tutela que, normalmente, se ha situado al margen del mercado y de la economía y, por lo tanto, se ha proyectado no hacia el mercado de los consumidores, sino hacia un universo de usuarios indefinido y abstracto, la sociedad en su conjunto, en  el que se incluyen incluso las generaciones futuras. Frente a este universo de usuarios que abarca a toda la sociedad, en el sentido más amplio posible, la gestión del patrimonio cultural es finalista y debe diseñarse en función de una determinada tipología de usuarios, aunque ésta sea potencialmente muy amplia y heterogénea. Así lo expresan claramente las Bases para una Carta de Patrimonio y Desarrollo en
Andalucía en su principio sexto: 

“Es necesario conocer para quiénes y de qué modo es importante el patrimonio. Toda reflexión sobre el patrimonio debe tener bien presente su polivalencia. Saber quiénes usan el patrimonio y qué partido sacan de él es fundamental para ordenar esta utilización y asegurar su provecho futuro. Además, un bien patrimonial puede tener distintos tipos de usos compatibles. Así, tan importante como un buen inventario de
recursos sobre el patrimonio es una relación de usos y usuarios, actuales y posibles, del mismo”

El estudio del mercado de los usuarios del patrimonio y la función que éste desempeña como motor económico, se han convertido pues en dos factores claves de su gestión. 

Como indica Marcelo Martín, la actual gestión del patrimonio debe preocuparse por: “potenciar, facilitar, promover, editar, estudiar, elaborar, diseñar y hacer accesible”, así como por “convertir al sector marginal en estratégico, pasar del conservacionismo a la adaptabilidad, de lo sectorial a lo global, del freno al motor, del control jerárquico a lo subsidiario, de la coerción a la participación, de gastar a invertir, de la lamentación a la formación de nuevos profesionales y de ser el patrimonio un recurso improductivo a uno productivo”

 La finalidad última de este conjunto de acciones y herramientas será transmitir un mensaje positivo sobre los valores de los bienes culturales y su utilidad para los ciudadanos y los visitantes, mensaje que va más allá de la difusión o concienciación, para dotar al patrimonio de unas potencialidades hasta ahora poco visibles, así su capacidad para mejorar la cohesión social, su dimensión económica y productiva, su idoneidad como eje vertebrador del territorio, su potencialidad para atraer nuevas inversiones y mejorar la distribución de recursos y equipamientos, etc. Estos objetivos han sido muy bien resumidos por Piselli, para quien la valorización y gestión del patrimonio tienen como fin, en definitiva, hacerlo útil para el uso y disfrute de los
individuos, convirtiéndolo en un “productor de cultura, gustos y crecimiento cívico”

Resultado de la heterogeneidad de estos objetivos, de la interrelación positiva entre patrimonio y otras políticas culturales, y de esta situación de su gestión a medio camino entre la protección, la difusión y el desarrollo, es la gran variedad de modelos de gestión del patrimonio cultural existentes en la actualidad. Sin embargo, pueden destacarse determinados objetivos comunes de los mismos que nos ayudan a enmarcar las
características de la gestión del patrimonio en la ciudad, objeto de este artículo: 

  • Conseguir una organización del patrimonio que permita su conservación y   acrecentamiento, por una parte, y su puesta en valor social y económica, por otra, mediante modelos de gestión y protección más flexibles que los establecidos por el marco jurídico que regula a los bienes culturales formalmente declarados.
  • Establecer nuevos vínculos entre patrimonio cultural y economía mediante la creación de marcos alternativos de referencia que estudian y miden, a través de diversos indicadores, la relación entre ambos.
  • Promover la cooperación entre los múltiples agentes que confluyen en las diversas acciones que se realizan en torno a los bienes culturales, estableciendo vínculos con la iniciativa privada y concediéndole un protagonismo fundamental en la gestión de los mismos.
  • Incentivar la participación ciudadana, la cohesión social y la integración de los colectivos más desfavorecidos en los procesos de interpretación y puesta en valor del patrimonio.
  • Identificar nuevos recursos patrimoniales y sacar el máximo provecho del carácter plural del patrimonio mediante programas y planes que implican tanto su protección efectiva como su rentabilización económica y cultural. 
  • Introducir en la difusión y gestión del patrimonio las nuevas tendencias culturales y de consumo de la sociedad lo cual se basa, en buena medida, en el empleo de herramientas, por ejemplo las nuevas tecnologías, que conectan al patrimonio como herencia del pasado con los gustos e intereses de la sociedad del presente.
  • Poner en valor el patrimonio desde el punto de vista económico contemplándolo como motor de desarrollo de otros sectores de la economía de la ciudad y del territorio. 
  • Formular nuevas metodologías de planificación integrada de las que se derivan criterios de tipo normativo, recomendaciones, herramientas de actuación, etc.
La gestión cultural en la ciudad 
    Las nuevas tendencias de la gestión del patrimonio tienen en el ámbito de la ciudad un marco privilegiado para su análisis, ya que la evolución de sus criterios es el reflejo, no sólo de las nuevas instrumentalizaciones a las que han sido sometidos el patrimonio y la cultura para intensificar su dimensión presente y su valor productivo, sino porque, además, los objetivos que se plantean se corresponden perfectamente con las orientaciones que actualmente rigen el rediseño de la imagen y la proyección de la  ciudad mediante la comercialización y potenciación de sus señas de identidad. En este sentido, las tendencias emergentes de la gestión cultural tienen un nexo común muy destacado: su inextricable relación con la economía de la experiencia. Se trata de una tendencia económica bastante novedosa que afecta de lleno a las nuevas finalidades patrimoniales y consistente en que, ante la saturación de productos y bienes, el consumidor, objetivo final de los nuevos modelos de gestión, busca un nuevo tipo devivencias que se relacionan no ya con la adquisición de productos sino con la experimentación de nuevas sensaciones basadas en valores intangibles. Como indica Ballart, la economía basada en esta nueva pauta de consumo “Consiste en dar una vuelta de tuerca más que conduce del industrialismo puro y duro (producción de bienes básicos) a una sociedad postindustrial que inventa, no ya servicios cada vez más sofisticados y con mayor valor añadido, sino que además redescubre el valor de lo intangible bajo la forma de ofertas que buscan proporcionar a la gente nada menos que experiencias personales, intelectuales y sensoriales con las que vivir de forma más plena y estimulante la vida”

    El patrimonio cultural de las ciudades y los servicios terciarios relacionados con el mismo, que proporcionan en parte esos productos con valor añadido y ese tipo de vivencias al consumidor cultural, se convierten así en factores determinantes para la diferenciación e identificación de las ciudades y en un aspecto clave de la diversificación económica de las mismas. Consecuentemente, el sector cultural ha ideado un sinfín de productos y programas, para el ciudadano y el visitante, del que se extraen importantes beneficios económicos y que se renueva constantemente debido alcarácter multifacetado de la cultura y las oportunidades que sus componentes proporcionan para crear nuevas ideas e iniciativas de desarrollo. La puesta en valor del patrimonio en la ciudad, como protagonista o marco y escenario de estas actividades, tiene un papel cada vez más destacado y demandado. Por ello, muchos gobiernos municipales desarrollan en la actualidad un papel dinamizador creando relaciones y redes horizontales de participación de distintas administraciones, organizaciones ciudadanas, empresas, consorcios, convenios, etc., con los que se pretende tanto encontrar nuevos aliados para la financiación de la conservación y reutilización productiva del patrimonio como para la creación de nuevas ofertas culturales que generen riqueza, por ejemplo, mediante la atracción del turismo. Un buen ejemplo de ello, como veremos, lo encontramos en los distritos culturales y planes estratégicos que han diseñado diversas ciudades para situar a la cultura como eje fundamental del desarrollo y futuro crecimiento de la misma. Se abren así nuevas posibilidades para la
    utilización del patrimonio y se multiplican los actores que intervienen en su gestión, sin embargo, ello no debería conllevar necesariamente una pérdida de competencias para las administraciones. Al contrario, su papel debería verse reforzado al actuar las mismas como aglutinante o intermediario de esos nuevos agentes e intereses y, lo que es más importante, al ser ellas las garantes, aunque no siempre ofrezcan esta garantía, del carácter público y la conservación y difusión del patrimonio. Insistimos, por lo tanto, en que las nuevas iniciativas de gestión que se llevan a cabo deben estar tuteladas por los poderes públicos que, además, están también obligados a armonizar la conservación y  rentabilización del patrimonio y a ambas acciones con los nuevos usos y significados  que la sociedad demanda, cada vez más, de los bienes culturales y de la cultura en general. Entre ellos habría que destacar, además de la generación de riqueza mediante la atracción del turismo y todo tipo de inversiones, los que los asocian con la salvaguardia de la diversidad cultural y la identidad de los diversos colectivos que conviven en la ciudad, con el diálogo democrático y el pluralismo y con un acceso a los contenidos culturales y patrimoniales que esté guiado por valores como la educación, la calidad, la igualdad social y la universalidad. 

    El patrimonio cultural en los planes estratégicos de las ciudades

    Una de las herramientas más novedosas con las que las administraciones municipales se han dotado para intentar responder de forma unitaria a estas demandas sobre el patrimonio y la cultura ha sido la puesta en marcha de planes estratégicos, y especialmente planes estratégicos de cultura, que han experimentado un gran auge desde la década de los noventa del siglo pasado. Una de las ventajas de estos planes respecto a
    otras iniciativas sectoriales con objetivos similares, además del amplio consenso social necesario para su puesta en marcha, es la persistencia en el tiempo y la flexibilidad en su aplicación, que, al mirar más allá del horizonte temporal de una legislatura municipal, evita el obstáculo que supone para el desarrollo dinámico de la ciudad el hecho de que con cada cambio de gobierno se alteren los proyectos en marcha y se cambien los valores que soportan la estrategia de la ciudad. 
      
    • “Un plan estratégico es un proceso de reflexión por parte del conjunto de agentes que  forman una ciudad mediante el que definen cuál es el futuro que desean para su ciudad,   las bases sobre las que se sustentará ese futuro y las estrategias y proyectos concretos a ejecutar a lo largo del horizonte temporal para el que se ha definido”  
    • “Los planes estratégicos de cultura de las ciudades son, en la mayoría de casos, un referente de cómo se percibe la cultura en un determinado territorio, del papel que tiene en el conjunto de las políticas públicas y de la dimensión que el término cultura adquiere en cada caso” 
    Los elementos que configuran un plan estratégico suelen ser los siguientes:
    • Diagnóstico: un examen de la situación actual de la ciudad, necesaria para evaluar las carencias y potencialidades de la misma.
    • Visión estratégica: visión sobre el futuro deseado de la ciudad, que se resume en un conjunto reducido de ideas clave.
    • Líneas estratégicas o estrategias globales: conjunto de líneas de trabajo sobre las que avanzar para conseguir los fines que se han marcado. 
     En la última etapa de la definición estratégica se profundizará en cada una de las líneas estratégicas, identificando proyectos concretos a desarrollar en el marco de cada una, así como proyectos globales con impacto sobre varias o todas ellas. También se sentarán las bases para la continuación del Plan Estratégico, identificando indicadores de seguimiento para cada una de las líneas, así como mecanismos y responsabilidades de los distintos órganos.

    El patrimonio en los planes estratégicos 
    La intervención sobre el patrimonio en los planes estratégicos tiene escalas de aplicación muy diversas que van desde la gestión de un monumento y su entorno singularmente considerados, hasta la ciudad y el territorio, y, por tanto, debe ser concretada según el ámbito al que nos estemos refiriendo. En cualquier caso debemos señalar a priori que, por lo general, en estos planes el patrimonio no suele ser un objetivo diferenciado en sí mismo, ni se corresponde con su caracterización desde un punto de vista normativo, puesto que las actuaciones sobre él se enmarcan en un conjunto de programas que se basan en un concepto de cultura necesariamente amplio al intentar poner en valor el mayor número posible de recursos y cumplir con la finalidad de los mismos: situar a la cultura y a todos sus componentes, de los cuales, insistimos, el patrimonio es simplemente uno más, como motor del desarrollo económico y social de la ciudad.

    Entre los objetivos comunes de los planes estratégicos analizados cabe destacar los siguientes:
    • La rentabilización de la cultura, entendida en un sentido muy amplio, mediante un conjunto de actuaciones interrelacionadas que la sitúan como motor de cambio y desarrollo de la ciudad 
    • La preservación del patrimonio cultural y la integración entre tradición (historia y patrimonio) y creación e innovación. 
    • El fomento del acceso a las nuevas tecnologías o a nuevas formas de creación, producción y consumo cultural y la promoción de las producciones culturales locales, industriales o artesanales, facilitando su comercialización.
    • El desarrollo paralelo de la cultura y el turismo, haciendo accesible física e intelectualmente la primera para los visitantes.
    • La interrelación entre cultura y comunicación y cultura y calidad de vida
    Conclusiones

    El aspecto más destacado de la gestión cultural en el seno de los distritos culturales y los planes estratégicos caracterizados por desarrollar actividades relacionadas con los bienes culturales, aunque no exclusivamente, es que con los mismos se pasa de gestionar el patrimonio urbano atendiendo prácticamente sólo al factor turismo y su movilidad a centrar la atención, especialmente, en el entendimiento de los mismos en un ontexto mucho más amplio en el que patrimonio y cultura sirven como catalizadores de nuevos sectores económicos e industrias culturales y como el punto de encuentro entre la economía, la cultura y la sociedad. En este sentido, la gestión cultural tiende, como ya hemos señalado, a potenciar la interacción existente entre patrimonio y cultura con otros sectores económicos en alza, entre ellos el de las telecomunicaciones, los multimedia, la publicidad, la moda, la construcción, y las actividades de restauración y mecenazgo del patrimonio que llevan a cabo bancos y otras instituciones análogas

    En definitiva, la utilidad de estas herramientas reside en el entendimiento de la ciudad y el patrimonio como un factor de desarrollo económico conducido por los factores culturales, que debe ser gestionado de forma efectiva, por agentes económicos, no económicos e institucionales, combinando la puesta en valor del patrimonio, y su capacidad para generar nuevas industrias y productos culturales, con su conservación. 

    A la luz de las diversas experiencias que hemos contemplado, podemos concluir que la gestión del patrimonio y de la cultura en el ámbito urbano han desarrollado muy ampliamente sus contenidos y objetivos en las últimas décadas para contemplar no sólo la difusión de los valores patrimoniales y culturales mediante diversas actividades sino,  sobre todo, para proponer nuevos proyectos de desarrollo que se centran en la explotación su dimensión económica mediante la creación de nuevos servicios y productos de consumo, por una parte, y la instrumentalización de ambos como imagen de marca de la ciudad de cara a su propia renovación y promoción exterior, por otra. 

    Para llevar a cabo estas nuevas funciones, el patrimonio y la cultura han sido también objeto de técnicas antes ajenas por completo a su mundo, como el marketing estratégico y, en general, de todas las acciones que se derivan de la importancia otorgada a la inversión privada. El renovado interés empresarial por el patrimonio se manifiesta especialmente en la creación de distritos e industrias culturales y también en su
    instrumentalización como puente entre la herencia pasada y la creación contemporánea, tanto cultural como de productos de consumo, la cual ha llevado a una revisión general de los propios valores del patrimonio y a considerar, sobre todo, su dimensión presente.  

    Quizá el mayor inconveniente de estas nuevas orientaciones de la gestión sea que la mayoría de ellas eluden cualquier referencia a la materialidad de los bienes y lo  reorientan en la órbita de la creación de un capital simbólico y una imagen de marca de  la ciudad que, aunque efectivamente contribuyen a su apreciación y mantenimiento, lo hacen sin subrayar suficientemente sus especiales valores y necesidades, lo cual redunda
    en una cierta regresión de la tutela al equiparar el patrimonio a cualquier otro producto cultural o a cualquier otra creación contemporánea que sea distintiva y propia del carácter de la ciudad en cuestión. Por más que el patrimonio tenga una dimensión presente muy importante, y que haya demostrado ser un factor de desarrollo económico, la tendencia a identificar los objetivos de la economía de la cultura, la gestión cultural y la gestión del patrimonio cultural puede llevar a ignorar la especificidad y fragilidad del patrimonio y a situarlo, de cara a su instrumentalización y difusión, en el mismo nivel que la creación contemporánea u otros sectores de la cultura que no poseen ni sus mismos valores, ni dicha fragilidad y connotación de herencia común. Es preciso recordar, por lo tanto, que la difusión y puesta en valor del patrimonio deben insertarse,
    en primer lugar, en el marco general de la tutela y que, en este sentido, no pueden realizarse de la misma manera ni con los mismos instrumentos que se emplean, por poner un ejemplo, para promover la lectura o el acceso a las nuevas tecnologías.
    POR:
    Celia Martínez Yáñez
    Universidad de Granada.





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