Bartolomé de las Casas, o Casaus, como él mismo gustaba escribir, nació en Sevilla, España, en
1484 (el mismo año en que Cristóbal Colón robara
de la corte portuguesa un mapa dibujado por el
cosmógrafo Paolo Toscanelli, que informaba de
una ruta hacia las Indias Orientales, navegando
por el occidente), y murió en Madrid el 18 de
julio de 1566 en el convento de Nuestra Señora
de Atocha, donde pasó los últimos cinco años de
su vida. Algunos dicen que promovió la introducción de esclavos negros a América y que él
mismo fue esclavista. Otros, en cambio, sostienen que se opuso a toda forma de servidumbre y de
menosprecio de la condición humana, ya se tratara de los indios o de los negros. Es más, aunque
sus enemigos lo inculpan de haber cuestionado la
actitud imperialista de la corona de Castilla, al difundir por toda Europa una leyenda nefasta acerca de las crueldades de los españoles (conocida
popularmente como leyenda negra), la mayoría
de quienes están familiarizados con sus doctrinas
consideran en la actualidad que él, por el contrario, defendió la presencia de los peninsulares en
América como un medio para alcanzar la expansión del cristianismo.
Es evidente que las opiniones sobre el padre
Las Casas no podrían ser más controversiales.
De ahí que no sea raro encontrar en la literatura representaciones ambiguas, cuando no falseadas, de su verdadero perfil histórico. Por ejemplo, mientras que escritores hispanoamericanos
como Fray Servando Teresa de Mier, Antonio
Llorente, José Martí o Enrique Buenaventura,
retratan a Las Casas como un hombre caritativo y
piadoso, y lo pintan con todos los colores de la
justicia y de la humanidad; otros, en tono más
cáustico —como Cornelius de Pauw o Jorge Luis
Borges—, lo acusan de haber promovido el comercio de negros en América, en su afán por preservar a los indígenas del exterminio. Pero tal
vez una de las versiones biográficas más extravagantes de Las Casas sea la del erudito Menéndez Pidal que, empeñado en la defensa de los
valores eternos e inmutables de la hispanidad,
mancillados según él por las exageraciones del
misionero, sostuvo que este había sufrido en vida
de una paranoia tan extrema, que lo inclinaba
a la hipérbole cuando se refería en sus escritos a
las acciones de los conquistadores. Por fortuna,
recientemente el escritor catalán Juan Goytisolo,
en su ensayo “Menéndez Pidal y el Padre Las Casas”, se ha encargado de desmentir esta opinión
peregrina del erudito hispanista, pues para él no
se encuentra arraigada en la objetividad ni en el
deseo de conocimiento, sino en el chauvinismo y
en el apego dogmático a los valores nacionales.
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