Desde hace muchos años la relación entre el turismo, la cultura y el
desarrollo -claramente evidente- ha sido tratada en artículos, libros y
publicaciones desde muchas perspectivas, la mayoría, sin embargo, en el
contexto de la simple reflexión académica. La acepción Turismo Cultural, que
parece haberse convertido, improvisada y precipitadamente, en la concreción
práctica de todas las disquisiciones teóricas, tiene una amplia literatura e
infinidad de asociaciones y entidades que, con mayor o menor fortuna, discurren
por un amplio campo de actuación, impreciso en ocasiones y extremadamente
específico en otras. Esta aceptación del Turismo Cultural como la suma absoluta
del compendio de relaciones entre turismo, cultura y desarrollo puede
considerarse, en todo caso, como restrictiva de las potencialidades que implica
la interacción entre estos tres ámbitos y como arriesgada, también, por un
cierto estilo elitista. La aplicación práctica del llamado Turismo Cultural no
ha ido más allá, en la mayoría de los casos, de una pequeña parcela selectiva
de un gran mercado turístico, que dispone ya globalmente de determinados
contenidos culturales o paraculturales , pero no en el contexto de lo que
algunos definen como Cultura, con mayúsculas.

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