El Químico que dedica su
esfuerzo a estudiar y restaurar obras de contenido artístico y cultural, trabaja
siempre, ó al menos así debería hacerlo, con el supuesto de que su material es
estéticamente valioso y de que, aún rodeando su trabajo de todas las
garantías, él se reserva el ápice de su labor
al servicio de los problemas del Arte y, por su conducto, a los de la Historia.
De la falta de claridad sobre esta idea fundamental proceden los equívocos y
los errores que ponen en peligro los fines últimos, ya que, con procedimientos
analíticos cada vez mas refinados, puede limitar su tarea a un simple acarreo
cuantitativo y, por tanto, a unas aportaciones
de escaso rango científico. Aunque el Químico trabaje en las mas modestas
áreas, debe mantener la vista alzada hacia las
metas a que apunta su labor, no
permaneciendo como impasible recolector de datos o aplicador de recetas, sino nutriéndose
con el descubrimiento personal de las conexiones entre el Arte, en su
espiritualidad, y la materia, en su inmutable pasividad, a través de la historia
de las formas que recubren el quehacer humano

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