Muchas personas tienen en mente imágenes idílicas de monumentos
artísticos o edificios históricos donde bandadas de aves sobrevuelan sus inmediaciones.
Plazas como la de San Marcos de Venecia o la de España de Sevilla, no se
conciben sin la presencia de palomas donde niños y ancianos se divierten
dándoles de comer hasta que muchas de ellas se posan en sus cuerpos para verse
posteriormente inmortalizados por cámaras fotográficas. Igualmente sucede con la
entrañable estampa de nuestras iglesias españolas colmadas de nidos de cigüeñas.
Lejos de esta realidad romántica, las aves son vistas por muchos profesionales
como animales dañinos que portan numerosas enfermedades y parásitos, y causantes
de una serie de desperfectos en inmuebles antiguos y monumentos histórico-artísticos.
El problema se produce cuando dicha población se convierte en
plaga, es decir, se encuentra en una densidad tal que puede llegar a dañar o constituir
una amenaza para el ser humano y/o su
bienestar. Este concepto tradicionalmente había sido atribuido a insectos, roedores
o microorganismos patógenos, pero hoy en día, en el entorno urbano asistimos al
crecimiento alarmante del número de animales diversos como gatos, perros, palomas,
aves exóticas, murciélagos, avispas, abejas, etc., seres vivos que, del mismo
modo que los anteriormente citados, pueden llegar a constituir un serio peligro
para la salud pública y para la conservación del patrimonio histórico y
artístico. Sin embargo, paradójicamente estos animales tienen gran aceptación social,
a diferencia de otras plagas como las de roedores o insectos.

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