Desde la formación de sociedades humanas, el hombre se ha
organizado para la satisfacción de sus necesidades y con el paso del tiempo
cada sociedad, con base en su cultura y medio ambiente, ha generado una
división social del trabajo tendente a la especialización: artesanos,
comerciantes, pescadores, entre otros.
La modernidad trajo consigo la desacralización de las
actividades del mundo social, entre ellas las relacionadas con la cultura; así,
toda producción, circulación y consumo cultural dejó de ser forzosamente
relacionada con la religión imperante. De la misma manera, en América Latina la
implementación en las jóvenes naciones del liberalismo decimonónico creó las
condiciones para la desintegración de los gremios coloniales, agrupaciones jerarquizadas
que servían no sólo para producir mercancías, sino también para normar y preparar
personas en un oficio determinado. La “liberación de los oficios”, el
incipiente proceso de industrialización y la consolidación de la ciencia y la
técnica como “palanca” clave para el “progreso” fueron piezas importantes para
la fundación de instituciones educativas y asociaciones profesionales que fueron
dando forma a las profesiones modernas a partir de la normalización e instrucción
de personas especializadas y reconocidas por el Estado para desempeñar una
profesión.
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