Al aprobar la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio
Cultural Inmaterial, la Conferencia General de la UNESCO, con 190 Estados
Miembros, marcaba un hito histórico en el proceso de comprensión de la noción
de patrimonio en las sociedades actuales, en su definición y en las acciones
encaminadas a su salvaguardia y preservación.
No más de veinte años han sido necesarios para avanzar a una
nueva fase en el análisis del patrimonio a escala internacional. Esta fase, que
para algunos será una prueba de la extrema movilidad de las ideas, o bien una
restauración del equilibrio cultural, o simplemente el aceleramiento de estos
tiempos, es, para los actores de la comunidad internacional del patrimonio, la
evidencia de la realización de una idea nacida en 1946: la de la naturaleza universal
de las culturas.
Durante los últimos treinta años, el concepto de patrimonio
cultural ha ido ampliándose
continuamente. La Carta de Venecia (1964) se refería a los “monumentos y
sitios” y trataba del patrimonio arquitectónico. Pero la noción se extendió
rápidamente hasta abarcar grupos de edificios, arquitectura originaria,
industrial y patrimonio construido en el siglo XX. Al margen del estudio de los
jardines históricos, el concepto de “paisaje cultural” destacaba la
interconexión entre la cultura y la naturaleza.
Se ha demostrado que el enfoque antropológico de la cultura y el
hecho de que las ciencias sociales se interesen en los procesos, en detrimento
de los objetos, son factores significativos en el proceso de la nueva
definición de patrimonio como entidad compuesta de expresiones diversas,
complejas e interdependientes, que se revelan a través de las costumbres sociales. Hoy es la diversidad de
expresiones lo que constituye la definición de patrimonio más que la adhesión a
una norma descriptiva. Este proceso, estrictamente dependiente de la idea de la
complejidad de patrimonio, no era obvio, pues la costumbre de las
representaciones visuales simplificadas de la diversidad de culturas mediante
sus expresiones de patrimonio estaban firmemente arraigadas en las mentes. Los
hábitats y la escultura africanos, los monumentos europeos, las pirámides
perdidas de América Latina y los parques nacionales de América del Norte, ya no
se perciben simplemente como imágenes por excelencia del patrimonio de la
humanidad, sino que han adquirido una nueva faceta, a través del concepto de
valores inmateriales.
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