Aunque en el ámbito de los
museos, los archivos y las bibliotecas poco a poco se va imponiendo la
estrategia de conservación preventiva, al menos como planteamiento teórico
asumido por la mayoría de los profesionales de la conservación de los bienes
culturales, existe una parte muy importante de nuestro patrimonio cultural que
se encuentra depositada en iglesias, ermitas, monasterios, etc., con una serie
de particularidades que dificulta la implantación de métodos de trabajo que
permitan la prevención del deterioro.
Generalmente se trata de
instituciones que no tienen una estructura técnica y administrativa permanente para
la conservación de los bienes inmuebles y muebles que atesoran a pesar de
gozar, en la mayoría de los casos, de cierta protección como bienes inscritos en
el Registro General de Bienes de Interés Cultural o formar parte del Inventario
General de Bienes Muebles. Requisitos que establece la legislación estatal, en
algunos casos complementada con normativa de las comunidades autónomas. Además
de esta carencia de medios técnicos es preciso considerar, en cualquier esquema
de trabajo, otra particularidad que determina de forma importante la
implantación de criterios de conservación preventiva, que es su carácter de
patrimonio en uso. Un uso vinculado a ritos y tradiciones de amplio seguimiento
popular en el que se entrelazan, además, elementos del patrimonio inmaterial
que requieren asimismo una aproximación especial en cuanto a los requerimientos
de conservación.
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