El libro que tiene en sus manos el
lector trata del patrimonio, la colectividad, la cultura, la herencia y la responsabilidad
social entre otros temas.
Son asuntos que acompañan siempre al
binomio de patrimonio cultural, en la medida en que esta designación ha debido crear
su propio conocimiento científico, su terminología
y las diversas interpretaciones semánticas a una circunstancia a la que parece habérsele sacado de su rincón elitista alejado de la responsabilidad
social, para ubicarlo en la batalla urbana,
en la que los argumentos deben ser los elementos
capaces de convencer para conservar sin transformar. Quizá habría que agregar a
las características del alto siglo XX la del agotamiento. El mundo está viendo
como se apagan una a una y cada vez más rápido, las luces de las especies
animales y vegetales, los combustibles, la privacidad, y también, los vestigios
del pasado, esos que en mayoría forman parte del patrimonio cultural. Hasta la primera parte del siglo XIX, las
”ruinas” como fueron llamadas la mayor parte de las veces, constituían el
recuerdo del exotismo del pasado, algunas veces todavía sitios de culto
religioso y casi siempre razón creativa para la poética artística.
Inventado el turismo en la modernidad
del XX, las “ruinas” pasaron a ser destino turístico y con ello, sitios que se pusieron en peligro ante
la posibilidad de desaparecer ante la sobrecarga de visitantes con el consabido
maltrato y deterioro de sus elementos físicos. La fase final ha sido la de “bienes
culturales” con carácter patrimonial y de pertenencia universal, título que expresa una nueva condición asignada a los vestigios
del pasado.
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