En
años recientes se han incorporado términos tales como curaduría, museografía,
diseño de
montaje y producción artística a las discusiones que circulan
ampliamente dentro y fuera del campo del arte. Estos términos no hacen referencia
al surgimiento de nuevas actividades en el campo artístico, sino que se
refieren al incremento en la complejidad de poner a circular proyectos artísticos
a la luz de las consecuencias de entender el arte como una actividad profesional.
Una
actividad humana se entiende como profesional cuando quienes la practican son quienes
la definen y delimitan, producen los discursos que la sustentan y negocian su
pertinencia con los demás campos sociales.
Como
consecuencia de la primera de estas características, los artistas han expandido
notablemente los horizontes conceptuales, teóricos y prácticos de su actividad creativa,
hasta el punto de que la categoría de objeto se reveló como estrecha o
inapropiada para hacer mención del tipo de piezas que se han producido como
arte durante el último siglo. Sin embargo como consecuencia del tipo de
discursos que han ido acompañando al arte en su inserción dentro del campo
social, la noción de objeto es cuestionable no solamente a la luz del
tipo de actividad humana que es caracterizada como arte, sino en
relación con el tipo de experiencia cultural que se espera que produzca. Es así
como se llegó a mencionar, en un momento dado, que la actividad artística se
sustentaba en la generación de procesos, antes que de objetos, lo cual seguía
atando la comprensión del arte a la esfera de creación, hasta que finalmente se
ha llegado a plantear que el arte en general (sin importar la época o el medio en
el cual se enuncie) funciona como una práctica social, en cuya construcción se
incorporan diversos saberes, profesiones e instituciones.
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