La cultura de un pueblo
sintetiza la expresión de su identidad. Cultura, identidad y diversidad no
pueden marginarse a la hora de diseñar políticas de turismo, en especial, en un
contexto en el que las sociedades han sabido dar cauce al diálogo intercultural
y han respondido las demandas de legitimación de lo diverso y lo diferente,
fortaleciendo también el ejercicio de los derechos culturales.
Tomemos para el análisis el
ejemplo europeo. No sería posible imaginar el nivel de desarrollo que han
logrado los estados de bienestar de muchos de sus países durante las últimas décadas sin contemplar la
relación entre cultura y turismo. En gran parte del viejo continente, la puesta
en valor del patrimonio cultural determinó la generación de una industria que,
sin duda, fue el punto de partida de la recuperación de gran parte de Europa.
España, por caso, ha alcanzado un nivel de excelencia en la materia: transformó
el turismo cultural en una actividad generadora de riqueza.
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