La composición e importancia dada al patrimonio cultural de un
país cambia a lo largo del tiempo y de las circunstancias sociales y
económicas. Pero esa importancia siempre evoluciona partiendo de dos principios
fundamentales:
· El patrimonio se ha de preservar
· El patrimonio se ha de conocer
Estos criterios están relacionados de forma directa: para
preservar hay que conocer, valorar. Cuando se restringe la capacidad de visita
de un bien cultural por motivos de conservación se desarrollan medios
alternativos para su conocimiento, pues se entiende que la población ha de
conocer y disfrutar de ese bien, y en la medida en que esto ocurre, además de
aumentar su cultura e integración, se aumentan las posibilidades de perduración
del bien.
Socialmente, y de modo similar al patrimonio cultural, hay
momentos en que se valora más o menos lo que determinados colectivos de
población aportan al conjunto. La población de avanzada edad puede ser un buen
ejemplo, pues frente a momentos de elevada influencia y poder, ha debido sufrir
cierto ostracismo y abandono en otros.
En los últimos años, lustros, como consecuencia de diversos
procesos nacionales y globales está aumentando el interés por la integración y
aportación de las personas de elevada edad y personas con discapacidad, así
como su peso social, político y económico. Y paralelamente, estamos en el
tiempo en que mayor importancia se concede a la preservación de nuestro
patrimonio cultural histórico.
La combinación de estos factores determina la necesidad de
establecer puentes entre ambos fenómenos: las necesidades de divulgación y
conocimiento del patrimonio y una realidad
social en la que cada vez más personas con limitaciones funcionales pueden y tienen que acceder al conocimiento de ese
patrimonio.
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