martes, 1 de marzo de 2016

I PARTE DE LOS COMENTARIOS REALES QUE TRATAN DEL ORIGEN DE LOS YNCAS DE SU IDOLATRÍA LEYES

La común costumbre de los antiguos y modernos escritores, que siempre se esfuerzan a dedicar sus obras, primicias de sus ingenios, a generosos monarcas y poderosos reyes y príncipes, para que con el amparo y protección de ellos vivan más favorecidos de los virtuosos y más libres de las calumnias de los maldicientes, me dio ánimo, Serenísima Princesa, a que yo, imitando el ejemplo  de ellos, me atreviese a dedicar estos Comentarios a vuestra Alteza, por ser quien  es  en sí  y por quien  es  para todos los  que de su real  protección  se amparan. Quién sea Vuestra Alteza en si por el ser natural sábenlo todos, no sólo  en Europa, sino  aun en las  más remotas  partes del  Oriente,  Poniente, Septentrión y Mediodía, donde los gloriosos Príncipes progenitores de Vuestra Alteza han fijado el estandarte de nuestra salud y el de su gloria tan a costa de su sangre y vidas como es notorio. Cuán alta sea la generosidad de Vuestra Alteza consta a todos, pues es hija y descendiente de los esclarecidos reyes y Príncipes de Portugal, que, aunque no es esto de lo que Vuestra Alteza hace mucho caso, cuando sobre el oro de tanta alteza cae el esmalte de tan heroicas virtudes se debe estimar mucho. Pues ya si miramos el ser de la gracia con que Dios Nuestro Señor ha enriquecido el alma de Vuestra Alteza, hallaremos ser mejor que el de la naturaleza (aunque Vuestra Alteza más se encubra), de cuya santidad y virtud todo el mundo habla con admiración, y yo dijera algo de lo mucho que hay, sin nota de lisonjero, si Vuestra Alteza no aborreciera tanto sus alabanzas como apetece el  silencio  de ellas.  Quien haya sido y sea Vuestra Alteza para todos los que de ese Reino y de los extraños se quieren favorecer de su real amparo, tantas lenguas lo publican que ni hay número en ellas ni en los  favorecidos  de  vuestra  real  mano,  de  cuya  experiencia  figurado  lo  espero recibir mayor en estos mis libros, tanto más necesitados de amparo y favor cuanto ellos por sí y yo por mí menos merecemos. Confieso que mi atrevimiento es grande y el servicio en todo muy pequeño, si no es en la voluntad; la cual juntamente ofrezco, prontísima para servir, si mereciese servir a Vuestra Alteza, cuya real persona y casa Nuestro Señor guarde y aumente. Amén, amén.
EL INCA GARCILASO DE LA VEGA

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