La
común costumbre de los antiguos y modernos escritores, que siempre se esfuerzan
a dedicar sus obras, primicias de sus ingenios, a generosos monarcas y
poderosos reyes y príncipes, para que con el amparo y protección de ellos vivan
más favorecidos de los virtuosos y más libres de las calumnias de los maldicientes,
me dio ánimo, Serenísima Princesa, a que yo, imitando el ejemplo de ellos, me atreviese a dedicar estos
Comentarios a vuestra Alteza, por ser quien
es en sí y por quien
es para todos los que de su real protección
se amparan. Quién sea Vuestra Alteza en si por el ser natural sábenlo
todos, no sólo en Europa, sino aun en las
más remotas partes del Oriente,
Poniente, Septentrión y Mediodía, donde los gloriosos Príncipes
progenitores de Vuestra Alteza han fijado el estandarte de nuestra salud y el
de su gloria tan a costa de su sangre y vidas como es notorio. Cuán alta sea la
generosidad de Vuestra Alteza consta a todos, pues es hija y descendiente de
los esclarecidos reyes y Príncipes de Portugal, que, aunque no es esto de lo
que Vuestra Alteza hace mucho caso, cuando sobre el oro de tanta alteza cae el
esmalte de tan heroicas virtudes se debe estimar mucho. Pues ya si miramos el ser
de la gracia con que Dios Nuestro Señor ha enriquecido el alma de Vuestra
Alteza, hallaremos ser mejor que el de la naturaleza (aunque Vuestra Alteza más
se encubra), de cuya santidad y virtud todo el mundo habla con admiración, y yo
dijera algo de lo mucho que hay, sin nota de lisonjero, si Vuestra Alteza no
aborreciera tanto sus alabanzas como apetece el
silencio de ellas. Quien haya sido y sea Vuestra Alteza para
todos los que de ese Reino y de los extraños se quieren favorecer de su real
amparo, tantas lenguas lo publican que ni hay número en ellas ni en los favorecidos
de vuestra real
mano, de cuya
experiencia figurado lo
espero recibir mayor en estos mis libros, tanto más necesitados de
amparo y favor cuanto ellos por sí y yo por mí menos merecemos. Confieso que mi
atrevimiento es grande y el servicio en todo muy pequeño, si no es en la
voluntad; la cual juntamente ofrezco, prontísima para servir, si mereciese
servir a Vuestra Alteza, cuya real persona y casa Nuestro Señor guarde y
aumente. Amén, amén.
EL
INCA GARCILASO DE LA VEGA

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