Tradicionalmente
el ámbito de la acción cultural se ha construido y conceptualizado a partir de
la práctica, o desde una reflexión centrada prioritariamente en la acción, que
ha condicionado enormemente la gestión cultural y sus instrumentos técnicos. La
necesidad de respuesta a situaciones concretas, demandas o problemáticas ha
creado un cierto estilo de intervención que podríamos denominar activista, que se caracteriza por
la intensidad presencial y la poca concreción formal de su programación previa
o planificación
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