Si usted recapitula con sinceridad sobre múltiples experiencias de turismo cultural que haya vivido, convendrá conmigo que no siempre resultaron satisfactorias y mucho menos a la altura de lo que el patrimonio presentado podría sugerir. ¿Cuántas veces le habrán citado en una visita nombres de personas que desconocía o que, al menos, no le transmitían una imagen clara… nombres de oscuros artesanos locales, desconocidos antes de llegar al lugar ¡y también después de abandonarlo!, estilos artísticos o fechas de eventos que carecían de significado y por tanto de interés para usted? ¿Cuánto tiempo permanecieron en su memoria nombres científicos de seres de los que ni siquiera llegó a crearse una imagen mental? ¿Durante cuánto tiempo recordó las fechas y datos citados? ¿Qué significado le aportó todo eso? ¿Qué recuerdo se llevó? Después de escuchar la larga charla que le dieron, ¿sería capaz de contar algo interesante de ella? Observando cómo se planifican y realizan muchas propuestas de turismo cultural, uno no puede dejarse de maravillar por el hecho de que siga habiendo turistas culturales… ¡y sin embargo los hay! Parece que la fuerza de nuestro patrimonio y el deseo del visitante de entenderlo y disfrutarlo, pueden sobrevivir a la constante repetición de malas
o mediocres experiencias.
El error radica en no comprender completamente las motivaciones que llevan a un turista a visitar un lugar patrimonial, ni en entender correctamente los procesos mentales que se suceden cuando este turista entra en contacto con la parte del patrimonio que le hacemos supuestamente accesible. El turismo cultural y del patrimonio es, sobre todo, una experiencia intelectual: es un proceso de integración de la parte del patrimonio a la que estamos expuestos en lo que los psicólogos llaman nuestro “mapa de conocimientos”. Incluso —si se hace muy bien— en un área afectiva, con fuerte influencia en nuestra escala de valores. Esa es la razón por la que se promueve el turismo de la naturaleza en muchos lugares en los que se trabaja por su conservación. Pero la comunicación de este
patrimonio no es un proceso automático, ni puede imponerse en un contexto turístico y por tanto recreativo; ni siquiera se trata de un proceso que el turista asuma y participe en él de una manera totalmente consciente y voluntaria.
Al diseñar propuestas de turismo cultural y patrimonial que utilicen estos procesos de manera efectiva se le llama interpretación

No hay comentarios:
Publicar un comentario